El invierno paranoico transcurrió espiándonos desde afuera con sus bofetadas de temporales y remolinos de hojas secas. Comimos asados de despilfarro y engordamos sigilosamente al amparo del vino bueno y los helados caros. Los tres meses que faltaban para el pago de la tercera cuota de la hipoteca –las dos primeras las abonamos al momento mismo de la concreción del trato- eran un abismo de posibilidades.
Quince días después de la operación, compramos un coche resplandeciente, sobrio pero elegante, acorde a las circunstancias. Esa misma semana, un sábado brillante y helado, mi suegro desencarnó. En su casa estaba todo ordenado y clasificado, preparado para la despedida. Mi Esposo, único hijo, despidió a su padre el domingo y cuando regresábamos a nuestra casa antigua y humilde, el cielo del ocaso nos sorprendió con un mágico espectáculo de nubes de todos los colores que se diluían y se esfumaban como si fuera posible que alguien nos diera ese regalo de adiós en medio de tanta angustia.
Lo que vino después no fue nada perfecto.
Ahora que vuelvo a leer mis palabras escritas en el marco de la euforia por lo que en ese momento interpreté como una victoria, me siento una estúpida.
Creyendo encontrar soluciones, destapamos una Caja de Pandora con consecuencias impredecibles.
Tal como aclaro más arriba, creímos caminar entre corderos, cuando en realidad eran todos lobos disimulados y hambrientos.
Quince días después de la operación, compramos un coche resplandeciente, sobrio pero elegante, acorde a las circunstancias. Esa misma semana, un sábado brillante y helado, mi suegro desencarnó. En su casa estaba todo ordenado y clasificado, preparado para la despedida. Mi Esposo, único hijo, despidió a su padre el domingo y cuando regresábamos a nuestra casa antigua y humilde, el cielo del ocaso nos sorprendió con un mágico espectáculo de nubes de todos los colores que se diluían y se esfumaban como si fuera posible que alguien nos diera ese regalo de adiós en medio de tanta angustia.
Lo que vino después no fue nada perfecto.
Ahora que vuelvo a leer mis palabras escritas en el marco de la euforia por lo que en ese momento interpreté como una victoria, me siento una estúpida.
Creyendo encontrar soluciones, destapamos una Caja de Pandora con consecuencias impredecibles.
Tal como aclaro más arriba, creímos caminar entre corderos, cuando en realidad eran todos lobos disimulados y hambrientos.
