El Gordo venía pateándose la panza desde su casa a la mía, y observaba el punto en el horizonte, cerca del riachuelo, que se convertía en auto, y después en taxi, y estacionaba cautelosamente en diagonal a mi casa.
El Gordo, que había sido tachero y conocía al que manejaba, lo saludó y espió el asiento de atrás. Para su sorpresa, allí sentado, tras unos anteojos ahumados enormes - como si pudieran siquiera ocultar su exagerada corpulencia - estaba Il Consiglieri.
Si bien el Gordo e Il Consiglieri nunca se habían visto antes, el primero sí sabía de la existencia del segundo, y también de sus características físicas. En cambio, aunque cuando, semanas atrás, nos había visitado ****ián y el Gordo había actuado un creíble papel de capataz en su presencia, era improbable que ****ián hubiera reparado en él como para describírselo al socio.
Acto seguido, Il Consiglieri le ordenó al taxista que siguiera la marcha y el Gordo cruzó disimuladamente a nuestra vereda, y cuando vio el taxi desvanecerse rumbo a la autopista para volver al Centro, golpeó nuestra puerta agitado y risueño.- ¿Usted no sabe dónde es que van a hacer un restaurán en esta cuadra? - inquirió Il Consiglieri.- ¡Ah, sí! ¡Es acá enfrente! Pero ahora la obra está parada, no sé cuándo retomarán. -le respondió el Gordo en un rapto de acertada
lucidez.- Claro, yo soy de la financiera, por eso quería saber dónde era. ¿Usted conoce a la gente de acá?- Sí, los conozco, si yo estuve trabajando en la obra para ellos.- Porque vengo de la dirección donde me dijeron que vivían y no había nadie. ¿Será que viven acá?- No, señor, acá no puede vivir nadie. Levantaron todos los pisos, esta casa está para hacerla de nuevo. - concluyó el Gordo, serísimo como nunca en la vida.
- ¡Vino el de la hipoteca! ¡Mirá que también se mandó para la casa de tu vieja! - me advirtió desde la calle.

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