Llegamos a la Escribanía a horario, los tres vestidos con la mejor muda de ropa gastada pero digna que pudimos conseguir.
Desde que la Escribana nos hizo pasar al salón donde se realizaría la operación yo tenía un mal presentimiento. También estaba presente A*****, en representación de la financiera. Entre las dos comenzaron a revisar los papeles de la carpeta que contenía toda la documentación de la propiedad. Las expresiones graves de sus rostros confirmaban mis sospechas. Todas las acciones que se sucedieron en ese pequeño recinto las viví con gran culpa (tenía, lo confieso, miedo de que advirtieran el contrato de locación firmado por mi madre y mi Esposo). Nos hicieron completar a cada uno una hoja con absolutamente todos nuestros datos personales, incluyendo números de documentación, datos fiscales y... nombres de los padres. Intenté disfrazar la letra para que no se notara que mi madre era mi madre, pero no pude dejar de anotar su apellido, tal como consta en mis documentos.
A***** dio las explicaciones del caso junto a la escribana: los ochenta mil dólares que habíamos solicitado al principio habían quedado en el olvido. De Santis podía prestar cincuenta mil, pero se iban a realizar dos hipotecas, en primero y segundo grados, ese día y el lunes siguiente. Cinco mil ya nos habían proporcionado a través de los adelantos; quince mil dólares quedaban aparte - gastos de escribanía, la comisión de la financiera, no vayan siquiera a imaginar que lo hacen gratis - así que ese día nos iríamos con otros quince mil en el bolsillo. Y para el próximo encuentro, debían entregarnos los diez mil dólares restantes.
Con respecto al tema de los impuestos atrasados, *L*** se comprometía a cumplimentar los pagos correspondientes y presentar los comprobantes en la escribanía para que le fuera devuelto el dinero de la retención.
Súbitamente, algo malo sucedió.
De Santis, A***** y la Escribana salieron a las apuradas de la sala. La Escribana volvió sobre sus pasos, tomó la bolsa con la plata y se fue detrás de los otros dos. Alguien puso música barroca de fondo a un volumen lo suficientemente alto como para que nosotros tres no lográramos oír palabra de lo que ellos urdían. Entre nosotros no queríamos hablar, nerviosos y paranoicos, imaginábamos que podía haber micrófonos o cámaras. Pasaron diez minutos, veinte, cuarenta, casi una hora.
Desde que la Escribana nos hizo pasar al salón donde se realizaría la operación yo tenía un mal presentimiento. También estaba presente A*****, en representación de la financiera. Entre las dos comenzaron a revisar los papeles de la carpeta que contenía toda la documentación de la propiedad. Las expresiones graves de sus rostros confirmaban mis sospechas. Todas las acciones que se sucedieron en ese pequeño recinto las viví con gran culpa (tenía, lo confieso, miedo de que advirtieran el contrato de locación firmado por mi madre y mi Esposo). Nos hicieron completar a cada uno una hoja con absolutamente todos nuestros datos personales, incluyendo números de documentación, datos fiscales y... nombres de los padres. Intenté disfrazar la letra para que no se notara que mi madre era mi madre, pero no pude dejar de anotar su apellido, tal como consta en mis documentos.
- Acá hay algo muy raro, *L*** - comentó la escribana sin dejar de revisar una y otra vez los documentos - Se deben casi veinte años de impuestos municipales, salvo un período de cuatro años inmediatamente posterior a cuando compraste vos...Yo sentía las manos heladas y la boca seca, pese a la calefacción y la polera de lana. Los tres nos mirábamos entre nosotros buscando respuestas a preguntas que no sabíamos que existían.
- Ah... Este... No... No sabía...
- El problema es que esta casa fue vendida tres veces durante ese período de veinte años, e incluso el dueño anterior a vos [sí, ***O] hizo una hipoteca sobre la propiedad y la saldó, operación que también forzosamente tuvo que haber hecho en una escribanía. Lo raro es que en provincia, al realizar este tipo de operaciones de venta o hipoteca con una propiedad, todos los impuestos deben estar al día. Sino, el escribano tiene la obligación de retener la suma correspondiente.
- Entonces, ¿qué cabría hacer? ¿apersonarnos en la escribanía donde *L*** realizó la compra y pedir explicaciones?
- Sin dudas. La escribana que llevó a cabo esta operación con estas irregularidades ha cometido una falta grave. Tan grave que le pueden quitar la matrícula si no da una explicación coherente sobre su gestión.
- Del otro impuesto también tenés una deuda importante, *L***. Qué raro que no te diste cuenta de todo esto antes.Inmersos en este diálogo tenso, nos sobresaltó la llegada de De Santis, quien llamó a A***** fuera del salón. A***** volvió a entrar y depositó de un golpe, sobre la mesa, una enorme bolsa de papel madera llena de dinero.
- Bueno, sí, debo haber estado mal asesorada...
- Está bien, no te aflijas. No tenés que darme ninguna explicación sobre si pagaste o no los impuestos de tu casa.
A***** dio las explicaciones del caso junto a la escribana: los ochenta mil dólares que habíamos solicitado al principio habían quedado en el olvido. De Santis podía prestar cincuenta mil, pero se iban a realizar dos hipotecas, en primero y segundo grados, ese día y el lunes siguiente. Cinco mil ya nos habían proporcionado a través de los adelantos; quince mil dólares quedaban aparte - gastos de escribanía, la comisión de la financiera, no vayan siquiera a imaginar que lo hacen gratis - así que ese día nos iríamos con otros quince mil en el bolsillo. Y para el próximo encuentro, debían entregarnos los diez mil dólares restantes.
Con respecto al tema de los impuestos atrasados, *L*** se comprometía a cumplimentar los pagos correspondientes y presentar los comprobantes en la escribanía para que le fuera devuelto el dinero de la retención.
Súbitamente, algo malo sucedió.
De Santis, A***** y la Escribana salieron a las apuradas de la sala. La Escribana volvió sobre sus pasos, tomó la bolsa con la plata y se fue detrás de los otros dos. Alguien puso música barroca de fondo a un volumen lo suficientemente alto como para que nosotros tres no lográramos oír palabra de lo que ellos urdían. Entre nosotros no queríamos hablar, nerviosos y paranoicos, imaginábamos que podía haber micrófonos o cámaras. Pasaron diez minutos, veinte, cuarenta, casi una hora.
- Les tengo que pedir disculpas. Lo lamento, de verdad, nunca me pasó una cosa así. El inversor no está convencido. No quiso hacer la operación y se retiró.

1 comentarios:
Nuuu ambar y ahora???
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